Capítulo III: Riverside y la Contrafobia
Ficción / Introspección

Capítulo III: Riverside y la Contrafobia

7 de mayo, 2025 13 min de lectura
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Llega marzo en un país donde la gente colapsa por estas fechas. Parezco contagiarme del espíritu de la gran capital. Abandonar el ensueño de verano, iniciando otro año que fugazmente se cuela entre dedos esquivos, que afligidos, aúnan fragmentos de una época sin arribar.

El café huele a canela y memorias ajenas. Es un lugar pequeño, con paredes color ladrillo y ventanales que dejan entrar una luz tímida, casi cómplice. Me reúno con Lucía; vivimos relativamente cerca. Cada vez que la veo luce un ánimo desdichado. Ella es un libro abierto. La pesadumbre de la existencia es difícil de ocultar para ciertas personas, mucho menos si parte de ello guarda directa relación con su vida marital aunque eso más bien una forma de llamarle; realmente la gente de mi edad y sector socioeconómico no se casa. Y si lo hacen, es por motivos más bien estratégicos.

Hace un tiempo que opté por no entrometerme. Ella es completamente consciente de lo deteriorada que está su relación, pero los años que llevo conociéndola acusan inevitable desgaste, por lo que tampoco me cuenta ya. Sabe bien que hubo un tiempo en que no lograba comprender que a veces hay que evitar opinar sobre las dinámicas que ciertas parejas sostienen de forma regular. De todas formas, creo que es lo más sabio que podemos hacer como amigas: contemplar cómo la otra toma decisiones más que cuestionables en silencio. Al final, ambas estaremos allí para consolarnos mutuamente.

—¿Todo bien con Fede? —revuelvo el café con una cucharilla que tintinea la porcelana.

—Ahí estamos, llevándola —. ¿Y tú? ¿Saliendo ya con alguien?

—Nada, de verdad que prefiero tomarme un tiempo esta vez. Va siendo necesario.

—Siempre dices lo mismo. ¿O sea que el Ñuñoas no te ha vuelto a hablar?

—No y que no vuelva. Me ha ido bien sin él.

—En todo el tiempo que te conozco nunca te he visto sola.

Solo me tiendo a encoger de hombros; tiene razón. Me gustan las relaciones estables. Largas. Y cada verso es un jirón de piel, soy un corazón tendido al sol.

—¿Y qué culpa tengo yo si los hombres me buscan?

—Es que no filtras ni a los mentirosos ni los apurones.

La taza vacía frente a mí parece una pequeña luna desierta. Juego un rato con la cuchara bamboleando las sobras de un líquido ya frío. Las personas que volvemos a quedar solteras a los treintas nos queda coger los fragmentos esparcidos de lo que otro dejó.


«Ñuñoas», le decía yo, mitad en broma, mitad en reproche. Un apodo que condensaba todo lo que representaba: ese tipo de hombre progresista de la Ñuñoa acomodada, intelectual de centro-izquierda que ha leído a todos los teóricos correctos, con un discurso impecable sobre equidad y justicia, pero que en lo íntimo reproduce patrones de lo más anticuados, incluso para la época. Como si la revolución fuera cosa pública pero jamás privada.

Le di like porque escuchaba Riverside. Conozco a dos tipos de proggies: tipos que se creen más inteligentes que el resto o del tipo melancólico cuya densidad nubla cualquier ambiente. Esperaba que fuera de los segundos. Pese a que ambas me agradan. Esa mezcla de arrogancia intelectual y tristeza contenida siempre me ha resultado algo irresistible.

Riverside mezcla la complejidad sonora de melodías exquisitas con sentimientos de melancolía e introspección. De alguna forma, esperaba que su identidad se sostuviera bajo el mismo augurio: duro en apariencia pero de palpable ternura, como suelen ser los proggies; tremendísimos snobs del rock y el metal. En su mayoría personas de gustos nerds y apariencia taciturna, algo que siempre me ha excitado. Anhedonia revestida en virtuosismo musical; allí encuentran un rincón para ser ellos mismos, donde las palabras se vuelven líquidas entre acordes complejos.

Recuerdo una noche, ya recostados, cuando reprodujo Wasteland en su equipo de alta fidelidad. El bajo resonaba en las paredes de concreto pulido de la casona, vibrando en mi esternón como una segunda pulsación. Sus ojos parecían contemplar con cierta pesadumbre un noséqué a la distancia. La canción hablaba del miedo al amor y la pérdida terminando en la inevitable construcción de tierras baldías interiores. Era paradójico porque ahí estaba él, conectando emocionalmente con una letra que exploraba el temor a la vulnerabilidad, mientras que su propio comportamiento era una muralla infranqueable. Como si pudiera reconocer esa verdad a través de Mariusz Duda, el vocalista y bajista de la banda, pero fuera incapaz de vivirla en carne propia. Sus gustos musicales exponían una sensibilidad que su comportamiento diario negaba sistemáticamente. Un hombre que suele escuchar canciones sobre fragilidad humana pero que se muestra incapaz de pronunciar las palabras mágicas sin sentir que pierde terreno. 250mg de Venlafaxina al día no son propios del azar. Es eso o bancarte tus sentires como corresponden.

—¿Por qué te gusta tanto esta banda?

Le tomó aproximadamente un minuto armar una respuesta de cabeza revestida de pomposidad. Era alguien que se autoproclamaba un hombre de matemáticas y ciencias mas no de música; lo curioso era que todas y cada una de sus preferencias se inclinaban hacia el arte. Poseía una sensibilidad apreciativa intacta, solo que prefería hiper racionalizarla. «Eso se ve mejor para un hombre». Cuando mi cabeza llega a tales conclusiones, comienzo a experimentar un leve bostezo mental.

—¿Y la letra? ¿Te identificas con ella?

Su rostro se ensombreció levemente.

—Son solo canciones —y cambió de canción.

Ahí estaba la tierra baldía. Wasteland. Su propio paisaje interior, árido y desolado, protegido por murallas de sofisticación intelectual.

Él tenía un buen pasar. En algún punto me autoconvencí que anhelaba un hombre con dinero; con él comprendí que esas ideas no eran tan así. No sé por qué permito que invadan mi mente pensamientos socialmente aceptables, los susurros ajenos del tipo: «es feo pero trabajó en el gobierno, y te tiene como reina». Como si eso compensara convivir con el corazón encogido, midiendo a cuentagotas cada gesto. Procedí a pedirle que colocara Estrechez de Corazón, a ver si pillaba la indirecta. Pero llegó tarde, demasiado.

Y es que yo tampoco lo pillaba, yo también llegué demasiado tarde. Nuestros encuentros íntimos eran otro trámite donde él debía ser tan funcional como en su vida profesional. De apariencia empotradora pero sin sangre corriendo por sus venas. No es algo que se admita abiertamente, pero me duele ese deber moral propio de la fortaleza masculina. Es devastador presenciarlo. Hombres compensando, fingiendo ser rocas incansables, ese querer demostrar eternamente lo que no se es.

Con él me convencí que no puedo detestar personas pero sí conceptos, y la tibieza es uno de ellos. Tibieza de andar, pero sobre todo, tibieza para consigo mismos. Es traición para quien se es evadir voluntariamente los propios sentires.

Fue un domingo, recuerdo, bajo el peculiar silencio de las mañanas de una ciudad conteniendo la respiración. Un rayo de sol atravesaba la ventana de la casona e iluminaba su colección de vinilos perfectamente ordenados por género y año. Mientras él preparaba café en la cocina con meticulosidad científica, caí en cuenta que no era él quién me irritaba. Cada disco ordenado, cada gesto acomedido, me devolvía el eco de una cobardía emocional familiar. La tibieza que tanto despreciaba era esa misma incapacidad de hundir las manos en el barro sin guantes de apoyo. Subsistí igual que él por años, y solo cosechó miseria. Y nadie desea en su vida una muralla emocional.

Pareciera que somos excelentes en creer que podemos renacer infinitas veces en nuevos amores; lo cierto es que el corazón humano solo resiste un puñado de desamores antes encogerse como una pasa. Y no es el tiempo ni la vejez lo que lo provoca. Para mí lo es el desamor.

¿Se podría, tal vez, habitar una tierra baldía desde cero, poco a poco, con paciencia de jardinera, y comenzar a sembrar algo nuevo entre sus grietas? la verdadera contrafobia no estaría en saltar al vacío por no sentir miedo, sino en hacerlo a pesar de él. Wasteland.


Al despedirnos, Lucía me mira con una sonrisa altiva.

—No te doy un mes estando sola.

—Apostemos. Dura un mes la apuesta, eso sí.

—Ya vas a ver que igual gano. Pensaré en algo.

—¿Es un juego mental?

—Ridícula. Siempre con tu TEA —Su expresión se suaviza—. Te adoro.

Nos despedimos con un abrazo apretujado, entrañable como nuestra amistad, pese a que somos agua y aceite: ella neurotípica y extrovertida, yo tan crédula y ella tan desconfiada, yo tan remolona y ella tan impetuosa.

Y ahora solo pienso en cómo perdí tan fácilmente la apuesta, porque Jorge apareció apenas días después. Tremenda bruja.

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