Capítulo I: Estrellas y Destiempo
Ficción / Autoficción

Capítulo I: Estrellas y Destiempo

1 de mayo, 2025 12 min de lectura
15 0 0

Cuando contemplamos el cielo nocturno, nunca miramos realmente lo que es, sino lo que fue. La luz de las estrellas viaja durante años —a veces siglos o milenios— antes de alcanzar nuestros ojos. Observamos Sirio como brillaba hace ocho años, Betelgeuse como ardía hace siete siglos. Algunas de esas luminarias ya se habrán extinguido, pero su resplandor sigue viajando por el vacío cual mensajes póstumos de algo que ya no existe.

Es como recibir una carta de alguien que falleció durante el tiempo que la carta estuvo en tránsito. Así son también los encuentros entre individuos. No pareceremos coincidir en el mismo punto de nuestras órbitas emocionales. Vemos al otro como fue, como la persona que le tomó años convertirse, mientras nosotros seguimos transformándonos a cada instante. Cuando creemos tocar su luz, tocamos apenas el eco de un fuego distante.

Toda mi vida anhelé una relación novelesca, teatral, pirotécnica. Ser protagonista de un soundtrack imaginario en situaciones canónicas. Cortinas marcando el suspenso de lo lúgubre y lo sensual. Contemplar la vida tras destellos coloridos como cipselas desplegadas en cámara lenta. Sortilegio y música, mucha música, que dieron como resultado una adultez enmarañada por ideales ajenos sobre la completitud.

La ironía puede ser muy cruel. Jorge llegó a mi vida cuando yo ya había dejado de ver las relaciones del modo que él las ve. Hubiera disfrutado tanto, aunque fuera fugazmente, coincidir un minuto siquiera en nuestra visión del amor. Pero la vida quiso que nos encontráramos a destiempo. El tiempo donde a él le tocó creer y a mí, crecer.


¿Una realidad cimentada en un sistema de creencias maculado por fuerzas superiores? Resulta absurdo pensar que la suerte puede leerse. Aún así, como dos almas en distintas etapas de un mismo viaje, ¿en virtud de qué estrellas hemos ido a encontrarnos aquí?

Le conocí una tarde invernal del 2023. Una semana antes me había contratado para que le hiciera una lectura. Nos reunimos en las afueras de un café a discutir mi análisis sobre su carta natal. Innegablemente alto, un poco tímido y de mirada melancólica, llega silenciosamente a sentarse frente mío. Me reconoció por mi foto de WhatsApp.

—Lamento la demora, pasaste al lado mío al llegar al café pero no sabía cómo hablarte —se disculpa mientras acomoda su bufanda sobre el respaldo de la silla—.

—No hay problema, lo importante es que ya estamos aquí.— Abro mi laptop y procedo a mostrarle su carta, que es lo que nos convoca.

A pesar de que él ya cursaba una carrera, buscaba guía vocacional. A priori, resultó ser bastante similar a lo que esperaba encontrarme, alguien de impoluta deferencia e inquisitivo por naturaleza. Las personas como él aspiran a convertirse en intelectuales. En tanto rompemos el hielo, no pude pasar por alto un peculiar seseo en cómo articulaba sus palabras, de añeja formalidad, y creo que hasta vestía como adulto de mediana edad pero lo cierto es que no pasaba de los veinticinco años. Era como si intentara construir un puente hacia una madurez que aún le quedaba lejos, revistiéndose de maneras y palabras prestadas de otra generación.

Pensé en cuántos jóvenes como él enfrentan la misma paradoja: apresurarse a ser adultos en un mundo que cada vez posterga más ese umbral. No es el único; Camila, una consultante de veintidós años, aparentaba cuarenta en su forma de hablar y vestir. Matías, de veinticuatro, citaba filósofos alemanes pero nunca había tenido una relación real con nadie. Esta generación parece habitar un limbo: demasiado conscientes para la ingenuidad juvenil, pero sin las experiencias que deberían acompañar ese despertar.

—¿Qué opinas sobre el determinismo? —me pregunta tras un sorbo de café, como quien intenta establecer un territorio intelectual común.

—Es un tema fascinante pero complicado. ¿Crees que nuestras vidas están predeterminadas o que tenemos genuina libertad de elección?

—A veces pienso que hay fuerzas invisibles guiando nuestros encuentros —dice, mirando brevemente su taza—. Como si hubiera una razón para que yo estuviera aquí, hablando contigo sobre mi carta astral en un día como hoy.

—¿Y eso te resulta reconfortante o inquietante? —

—Ambas cosas —esboza una sonrisa tímida—. Es aterrador pensar que no tenemos control, pero también hay cierto alivio en creer que existe algún orden en el universo, ¿no crees?

Tal vez intenta—pensaba—utilizar conceptos filosóficos para hablar indirectamente de sí mismo, para tantear el terreno emocional sin exponerse demasiado. Las personas que se presentan a través de ideas abstractas en lugar de experiencias personales me despiertan un dejo de ternura. Son tan sensibles que necesitan tomar libros para protegerse de los demás. Es tal el armazón bajo el que resguardan su vulnerabilidad que deben intelectualizarla de alguna forma.

Muchos de mis consultantes suelen tener arriba de treinta o treinta y cinco años, que es cuando suelen suscitarse crisis importantes en la vida. En cambio él parecía convivir con sus demonios desde hacía tiempo. Como varios, probablemente buscaba una visión externa que reforzara lo que en su interior ya tenía respuesta.

La lectura fue fluida, punto por punto, llevé dos hojas completamente garabateadas con cada nota que tomé y creí sería prudente compartir. Hasta que decidí mencionarle, si lo encontraba pertinente, mi interpretación sobre su relación con las mujeres.

—¿Te interesa que profundicemos en ese aspecto? —pregunto, consciente de lo que dirá aquel erizo.

Accedió de inmediato abriendo los ojos de par en par. Lo estaba esperando. Le comenté de manera sutil que existe una tendencia a soñar despierto; los amores fuera del alcance y el delirio, que guardara discreción con esas quimeras. Al mencionarlo, también quise confirmar si ya le habían ocurrido experiencias de ese tipo.

Él, sin mayor empacho, partió contándome que había pasado la mayor parte de su vida encerrado leyendo libros, razón por la que nunca había llevado a una mujer a la cama sin que le hubiera pagado antes. Quedé algo atónita. De inmediato pensé que a lo mejor era de gustos exigentes, pero no había un ápice de orgullo en su discurso. La severidad realmente era para consigo mismo, concluí.

En Japón a este fenómeno le llaman hikikomori, jóvenes que se apartan completamente de la sociedad por tiempo indeterminado a fin de evitar cualquier tipo de interacción con el mundo exterior. La exigencia del mundo y la propia los lleva involuntariamente por el camino del ostracismo.

—¿Te consideras una persona solitaria por elección o por circunstancia?

—Un poco de ambas —responde tras una pausa reflexiva—. Comencé por circunstancia, ahora lo sostengo por elección. Es más seguro así.

El avance de la tecnología ha transformado las dinámicas relacionales entre los jóvenes. Los códigos de interacción han cambiado drásticamente para todos los géneros. Cada persona que atiendo trae su propia experiencia de esta transformación, y Jorge no era la excepción. Así y todo, mi mente permanecía rumiante sobre por qué un chico de inteligencia, buen porte y habilidades intactas pensaría así sobre sí mismo.

—Tal como dices, algo de idílico hay —comenta mientras juguetea con la cuchara de su café—. Me han gustado mujeres inalcanzables para mí en determinados contextos. Tiendo a fijarme en mujeres mayores que yo; simplemente me llaman la atención, siento que tengo más en común con ellas. Profesoras, tutoras, académicas…

Su voz se apaga momentáneamente, como si dudara de continuar. Luego, con renovada determinación:

—Mi madre falleció cuando tenía poco menos de un año. Tengo, y varios se han encargado de dejarme bastante claro, que esto forma parte de los famosos mommy issues

No pude evitar torcer el gesto. Su brutal honestidad demuestra que prefiere revelar verdades incómodas antes que decepcionar en el trayecto. Ha tomado la ausencia de su madre como gran parte de su identidad, y no le culpo. Etiquetar estas búsquedas como simples «mommy issues» reduce a un término trivial lo que en realidad es un proceso mucho más intrincado como el de sanación y búsqueda, para empezar.

—Las etiquetas simplifican lo complejo para hacerlo manejable. Pero tu experiencia merece más que una etiqueta. ¿Qué crees tú que buscas en esas relaciones?

—Seguridad, supongo —reflexiona—. Una certeza que nunca tuve.

—¿Y qué sucede con las chicas de tu edad?, ¿tus compañeras de carrera? ¿No te llaman la atención?

—Normalmente no tenemos mucho en común o de qué hablar —se encoge ligeramente de hombros—. Y varias suelen tener esta idea de que, para que un hombre sea digno de ellas, deben cumplir una lista de obligaciones que la mayoría se traducen en dinero y cierto un estilo de vida.

—¿Dónde estudias?

—En la PUC.

La Universidad Católica, con su distintivo perfil socioeconómico. Decidí no ahondar en el tema para evitar reforzar una visión antagonista sobre las relaciones, que solo profundizaría su herida vincular.

De pronto su actitud hacia mí se volvió más cercana, me pregunta cómo es que sé tanto de él sin conocerle. Le explico sin entrar en detalles cómo funciona la astrología y que nada de lo que analizo allí se da producto del determinismo, más bien procesos, mas no sucesos. Es decir, que no se ocupa para predicciones.

—Los astros no dictan nuestro destino —aclaro, mirándolo directamente—. Ofrecen un mapa, no un guión. Las decisiones siguen siendo tuyas.

—Entonces, ¿para qué sirve todo esto? —pregunta con genuina curiosidad, sin rastro de desafío.

—Para entender tus tendencias, tus posibles fortalezas y desafíos. Es como conocer el clima antes de salir: no impide la lluvia, pero te permite llevar un paraguas. La psique y las experiencias, de cierta forma se delimitan a través del individuo con lo que tiene a disposición. Solo hay que saber ocupar lo predispuesto en favor propio, como quien tiene fichas y comprende cómo usarlas. Nada más. Quien quiera venderlo de otra manera es porque está mintiendo.

Realmente decirle a un cliente que los planetas no lo dejarán exento de responsabilidades no suena exactamente a buen negocio. De alguna forma siento haber desinflado su expectativa sobre esta sesión. Pero es mi deber decir la verdad. Se queda observando la nada por un breve momento; con un pequeño suspiro concluye.

—Sartre decía que el humano está condenado a ser libre.

Sonríe, volviendo a recuperar su ánimo.

—Se hace pesado deambular sin que nos digan los cómos ni cuándos, ¿eh? Eso es pedirle demasiado a la astrología, y a cualquier disciplina en realidad. Nadie puede constatar nada a ciencia cierta, ni la ciencia, por cierto.

Comienza a citar a filósofos mientras me ofrece otra taza de café; la que acepté sin problemas, ya comenzaba a caer el frío por las afueras de aquella cafetería de Providencia.

Notas de inmediato cuando un hombre se siente a gusto con tu presencia, sonríen más de lo que alcanzan a percibir. Este chico me coqueteaba tímida y respetuosamente. Por el hecho de ser mujer, suelo lidiar con comportamientos sugerentes de parte de hombres de forma constante, y en este caso particular, realmente no es algo que me descoloque más allá del hecho que ronda una idea sexualizada en torno a las diferencias de edad.

Un fetiche de varios jovencitos cuando ven a una mujer madura. Un juego de poder. Otro jueguito, pensaba, qué flojera. No quiero juguetes, aunque me rueguen convertirse en uno. Realmente no me acomodan las asimetrías.

Han aparecido en mi vida hombres que fantasean con que los humille y efectúe toda clase de barbaries sobre ellos. Lástima que eso no me prenda realmente. Debe ser algo sucio —o perverso, capaz— lo que suelo transmitirles. Aún no he llegado a una respuesta concluyente al respecto.

—¿Me puedo quedar con esto? —pregunta, refiriéndose a las hojas de apuntes que tomé a puño y letra.

—Son bastante caóticas —advierto, dudando un momento—. Mi proceso no es lineal.

—Precisamente por eso me interesan. Prefiero lo auténtico a lo pulido.

Con aprehensión le dejé las notas, espero entienda mi desorden mental. Va muy bien encaminado —pensé—, a pesar de que tiene un montón en qué trabajar pero nada que el paso del tiempo, de forma orgánica, no logre resolver. Tiene toda la vida por delante.

Con amabilidad se ofreció para irme a dejar al metro.

—¿Te acompaño? Está oscureciendo —ofrece mientras pagamos la cuenta.

—No te preocupes, conozco bien el camino.

Cuando nos levantamos de la mesa pude dimensionar cuán alto era, me sacaba por lo bajo dos o tres cabezas. Su lenguaje corporal expresaba un leve fulgor por continuar conociéndome, pero no se lo permití. De impecable cortesía, me despedí sin antes recomendar lecturas al menos una vez al año como seguimiento de su progreso personal. La idea pareció caerle en gracia.

—¿Puedo contactarte de nuevo, entonces? ¿En unos meses?

—Para una consulta de seguimiento, por supuesto. Mi agenda suele estar llena, pero siempre hay espacio para dar continuidad a un trabajo como este.

No fue novedad que descartara su presencia de mi vida. No estaría con un chico diez años menor que yo. Tampoco me parece atractiva la idea. Cuido mis energías y las uso sabiamente.

Él buscaba respuestas en las estrellas; yo había encontrado confirmación en su mirada. En Jorge vi reflejada mi propia búsqueda de décadas atrás: la misma hambre de conexión, el mismo anhelo mal dirigido, la misma confusión entre intimidad y validación. Reconocí en él no solo a un cliente, sino a una versión anterior de mí misma, recorriendo caminos que yo ya había transitado, tropezando con piedras que yo había aprendido a esquivar.

—Gracias por todo Jorge, mucha suerte.

Emprendí rumbo hacia el metro, consciente de su mirada siguiéndome hasta que doblé la esquina. Sentí una extraña mezcla de alivio y melancolía. Alivio por haber podido ayudar, melancolía por la certeza de que algunos aprendizajes no pueden transmitirse, solo vivirse. Jorge tendría que recorrer su propio camino, como todos nosotros. Ahora pienso que el mayor desafío de esta época quizás no sea aprender a conectar, sino comprender que siempre miramos al otro a través del espacio-tiempo de nuestras propias experiencias.

El metro arribó con su característico estruendo, llevándome de regreso a casa y, sin saberlo, un paso más cerca de la mujer en la que me convertiría.

Los Capítulos de Elinor — Capítulo I de 3
Continúa con Capítulo II
Siguiente
Compartir:

Comentarios (0)

Sé el primero en comentar este relato.