Jugo de Naranja (Parte I)
Romance Contemporáneo / Ficción realista

Jugo de Naranja (Parte I)

9 de mayo, 2025 15 min de lectura
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Envejecer es un término delicado, reflexionaba Yasna mientras acompañaba a su madre sobre una camilla en el box de urgencias. La vejez de los padres es especialmente dura. Es el recordatorio de cuán disolubles somos, de cómo en un par de décadas será como si no hubiéramos existido. Una cosa es asumirlo con la mente y otra con el cuerpo. Un día estás criando a tus hijos con agilidad, encaramándote por lugares inaccesibles y años después —por no decir décadas— caes hospitalizada debido a un jugo de naranjas. Vuelve a acariciar la cabeza de su madre, advirtiéndole con dulzura que estas cosas ocurren llegada cierta edad.

Intenta consolarla, pero en su lugar estaría muerta de susto. Las cirugías le despertaban pavor. Su madre a su edad ya había parido tres hijos, sus hermanos mayores, antes que a ella, y con el paso del tiempo soportaría desde cirugías de columna y tiroides hasta superar un cáncer. Una cirugía de cadera no sería gran cosa.

—Es hora de moderar la audacia, viejecita —susurra, aunque más que decírselo a ella, era como decírselo a sí misma. No estaba preparada para despedir a sus padres.

Su madre admite su deseo por ver a sus nietos más grandes. Hasta cierto punto las cosas eran más sencillas en su época, al igual que las personas menos complicadas. La religión cumplía con ese propósito. Los hijos simplemente sucedían, pero eso ya no iba a tono con los tiempos actuales. A Yasnita le tocó otra época. Logró resignarse a la renovada complejidad de los vínculos amorosos modernos, lo que de a poco desalentó la idea de esperar un nieto de esta última. Estaba convencida de que su hija menor era demasiado buena, o vulnerable tal vez, como para afrontar las mismas vicisitudes de la maternidad que ella. Que no estaría preparada. Paradójicamente, Yasna sospecha que la falta de expectativas de su madre le despertaba un profundo pesar. El peso de las expectativas ajenas pareciera afectar menos que la ausencia de estas.

De izquierda a derecha entró una mujer de semblante ligero con cabello rubio y ojos claros, seguida de un hombre corpulento de aspecto bonachón que llevaba el cabello rubio recogido en un moño, y una barba ligeramente desarreglada que enmarcaba unos ojos cálidos y expresivos. Al último entró un hombre de apariencia seria y barba pintarrajeada por las canas. Este último toma la palabra y pregunta qué le sucedió.

—Quería hacer jugo de naranjas y se me ocurrió sacarlas directamente del árbol…

—¿Y? ¿Qué pasó después?

—Me subí a un pisito pero se me fue el cuerpo.

—¿Con qué lado cayó?

—El izquierdo.

Hay un dejo de vergüenza en su gesto aunque sonriente. La humildad resultante de una fallida maniobra despierta simpatía en Yasna, quien suelta una leve risilla, pero no solo en ella; también en el médico del moño. Esta sincronía logró entre ambos un fugaz contacto visual mientras que el resto seguía escuchando, imperturbables, el relato de la señora. Aunque más bien parecieron verse entre ellos.

Continúan las preguntas de rutina hasta que decide tomar la palabra el médico del moño, esta vez dirigiéndose a Yasna.

—Vamos a tener que hacerle un escáner para ver en profundidad el estado de la fractura —dice con un acento extranjero, probablemente colombiano. Se notaba que llevaba tiempo suficiente en este país como para neutralizarlo. Mientras habla, a Yasna le llama la atención que no trate a su madre como infante, práctica común entre médicos para dirigirse condescendientemente hacia adultos mayores. El cuidado con el que esboza sus palabras hace lucir a su madre con dignidad a pesar de lo engorroso de toda la situación: fracturada, inmóvil y dopada en calmantes.

—Una vez tengamos los resultados de los exámenes, podremos entregar un diagnóstico certero.

—Me parece bien —sonríe Yasna.

—Con permiso —abandonan el lugar los tres.

Tras la partida de los médicos, Yasna experimentó una extraña dualidad que la desconcertó. Mientras acomodaba la manta sobre las piernas de su madre, experimentó una mezcla extraña de sensaciones: por un lado, la preocupación genuina por el estado médico de su progenitora, y por otro, un sentimiento inesperado que surgía del fugaz intercambio de miradas con el médico del moño. Era curioso cómo la vida podía presentar momentos así, donde la preocupación se entrelazaba con una pequeña chispa de algo nuevo.

Por el altavoz se anunció un cambio de turno. Los corredores comenzaron a llenarse de un trajín diferente, marcando el compás irregular de aquellas horas hospitalarias. El hospital siempre le pareció un lugar extraño, casi como un limbo. Las horas parecían detenerse allí; no había día ni noche, solo un flujo constante de voces murmurantes. Todas ininteligibles, no obstante, ella le daba vueltas a la estela que había dejado la aterciopelada voz de aquel médico en el aire. Pero una parte de ella se preguntaba si debía estar pensando en esto mientras su madre esperaba el diagnóstico. Intentó concentrarse.

—Te gustó el gordito; el rubiecito de moño, ¿no? —pregunta su madre.

—¿Así de obvia soy?—La toma completamente desprevenida.

—No voy a conocer a mi hija. Por eso siempre te digo que andes con un ruborcito o bálsamo labial en la cartera.

Unos minutos más tarde, él regresó solo. Llevaba una carpeta en la mano y un tranquilo andar que parecía amortiguar el estrés del entorno. Yasna advirtió que aquellas manos, grandes y seguras, sostenían el expediente con una delicadeza casi incongruente con su tamaño. Se inclinó hacia la cama, revisando con atención las notas. Yasna le observaba de reojo mientras fingía revisar su móvil.

—El escáner ya está reservado, pero tendremos que esperar un poco. Si quiere, puede salir a tomar agua o un café mientras yo acompaño a su madre. Igualmente hay preguntas de rutina que debo hacerle.

Yasna titubeó, no sabiendo si aceptar o quedarse. La propuesta la tentaba, pero un recelo instintivo la detuvo. La vulnerabilidad del momento podía hacer parecer especial lo que era simple amabilidad profesional. Lo evidente es que era lunes por la madrugada y, por el momento, se encontraba sola en esta labor; sus hermanos mayores convivían con sus respectivas familias y su padre se había desdibujado del mapa desde hacía un tiempo. Antes de que pudiera decidirse, su madre la interpela:

—Ve, hijita. No has comido nada y hace un rato que hicieron efecto los calmantes.

—Confíe en que cuidaremos bien de ella. En cualquier momento vienen a buscarla para su examen —afirmación que provocó que Yasna se levantara casi de inmediato, devolviendo una pequeña sonrisa casi por acto reflejo.

—Mil gracias. Vuelvo enseguida.

Había que retribuir su amabilidad con un pronto regreso. Solo iría rápidamente por un bebestible.

La cafetería se presentaba como un oasis fluorescente en medio del desierto hospitalario. Una pareja dormitaba en una esquina, probablemente familiares de algún paciente, mientras una enfermera hojeaba distraídamente una revista. El contraste entre la lentitud de la espera y la urgencia de los diagnósticos creaba una disociación temporal que Yasna encontraba desconcertante. Los minutos se estiraban como horas. Sin señal del móvil, indudablemente aletargada por el estrés y el trasnoche, la promesa de un pronto regreso removía cierto amargor en la espera. Había pensamientos que irrumpían en momentos de infortunio, como la incipiente amabilidad de aquel médico, y que una mujer como ella, en circunstancias normales, vería con cierto escepticismo.

Terminó su café y se encaminó de vuelta. Al doblar en el área de traumatología, lo vio.

Al encontrarlo de nuevo, rodeado por un grupo de médicos residentes. Parecía dejarles instrucciones para algo. Al verla acercarse, el médico del moño despidió al grupo de jóvenes con una seña.

—¿Alcanzó a tomar su café? —dijo incorporándose a su lado—. Su madre está siendo atendida ahora mismo, aclaró.

El silencio del encuentro duró un segundo más de lo necesario. El área desierta se convirtió en un espacio íntimo donde el tiempo parecía dilatarse. Él llevaba ahora las mangas del delantal arremangadas, revelando antebrazos fuertes marcados por venas sutiles. Ligeramente despeinado, dejaba escapar algunos mechones rebeldes que enmarcaban su rostro y una sutil barba.

—Como le decía, fracturas en pacientes de edad avanzada requieren cuidados especiales. Los huesos maduros han acumulado «historias», digamos —se detuvo, una sonrisa levemente auto irónica curvando sus labios—. Disculpe, a veces me pongo demasiado poético con mi trabajo.

—No se disculpe —Yasna se sorprendió a sí misma respondiendo—. De hecho, la mayoría de los médicos hablan como si leyeran un manual.

Él la miró con interés genuino.

—¿Y usted? ¿A qué se dedica cuando no está siendo la hija ejemplar a las cuatro de la madrugada?

La pregunta la tomó desprevenida. En medio de la tensión hospitalaria, este intercambio humano se sentía como un soplo de aire fresco, un recordatorio de que la vida continuaba más allá de las paredes del hospital.

—Trabajo de secretaria en un ministerio —respondió, omitiendo detalles que parecían irrelevantes en ese lugar—. Nada tan noble como reconstruir huesos.

—Cada trabajo tiene su importancia —y en ese momento Yasna sintió que la estaba evaluando de una forma que nada tenía que ver con medicina—. Aunque debo admitir que algunas noches me pregunto si elegí esta especialidad por las fracturas o por las historias detrás de ellas.

Continuaron caminando en silencio por unos pasos. Yasna sintió una extraña intimidad entonces, como si el hospital hubiera desaparecido temporalmente.

—¿Hace mucho que está en Chile? —La pregunta salió antes de que pudiera pensársela mejor.

—Siete años. Vine de Colombia para especializarme. El plan era quedarme dos años máximo.

—¿Y?

—Los planes cambian —pero algo en su expresión sugería historias no contadas—. Santiago tiene una forma de… crecer en uno.

Yasna asintió. Ella misma había planeado mudarse al extranjero después de la universidad, pero la vida familiar la había anclado aquí.

—Mi madre siempre dice que uno termina donde tiene que estar.

—Sabia mujer, su madre —

Se detuvieron en una intersección de corredores.

—Mire, Yasna —dijo finalmente, y la forma en que pronunció su nombre hizo que algo se removiera en su estómago—. No sé por qué, pero siento que debo ser honesto con usted. He pasado más tiempo del necesario revisando el expediente de su madre esta noche.

Ella lo miró, expectante.

—Y no es por la fractura —continuó, bajando ligeramente la voz—. He visto miles de fracturas de cadera. Pero hoy… he estado inventando excusas para volver a hablar con usted.

Yasna sintió que el aire alrededor se espesaba. No era una declaración romántica ni una insinuación descarada. Era una confesión simple y desconcertantemente honesta.

—Eso es… —comenzó, pero no encontró cómo terminar la frase.

—¿Inapropiado? —ofreció él, con una sonrisa tímida que lo hacía lucir más jovial—. Probablemente. Pero con esta profesión, uno aprende que la vida es demasiado corta y frágil como para guardarse ciertas vainas.

Hubo una pausa. Yasna podía escuchar su propio corazón. La tensión creció entre ellos, sin que ninguno rompiera el silencio.

Fue entonces cuando una enfermera apareció en el corredor, llamándolo de vuelta al deber.

—Nos volveremos a ver. Estoy seguro —prometió él antes de alejarse.

Al regresar al lado de su madre, Yasna cogió sus manos que ya volvían a recuperar su calidez habitual. Pensó en las manos de un cirujano; precisos y firmes. Manos que reconstruían lo que el tiempo y la gravedad habían quebrado. «¿Qué más podrían reconstruir?», se preguntó, permitiéndose por primera vez sentir en mucho tiempo esa sensación olvidada en su interior. Bajo esa sensación, logró dormitar unos momentos.

Cuando despertó, ya habían pasado algunas horas y su madre descansaba, él reaparecía en la puerta. Esta vez no llevaba el delantal, sino una camisa azul oscuro que contrastaba con su tez dorada. Se había soltado el cabello por completo, y los rizos castaños caían libres sobre sus hombros.

—Mi turno ha terminado —anunció, apoyándose en el marco de la puerta—. Pero quería asegurarme de que todo estuviera bien antes de irme.

Yasna se levantó, disimulando la impresión de verle en diferentes atuendos, acercándose a él para no despertar a su madre.

—Todo está bien, gracias —respondió, consciente de que estaban demasiado cerca en ese pequeño espacio junto a la puerta.—El escáner de mi madre no requería tantas revisiones, supongo —respondió ella, permitiéndose una sonrisa cómplice.

—No —admitió él—. Pero tú sí.

El aire entre ellos se volvió denso. Yasna podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el leve aroma a jabón antiséptico mezclado con algo más íntimo.

—Mi nombre es Gabriel —dijo finalmente—. Gabriel Montoya. Y me gustaría verte nuevamente, —ocurre una pequeña pausa— Yasna Álvarez. Miraba la hojita con el nombre de la tutora de aquella señora.

La forma en que pronunció su nombre, como si lo hubiera estado saboreando en su mente, logró que algo se derritiera dentro de ella.

—Así será. Después de todo, aún queda la operación de mi madre…

—Por supuesto. Las prioridades son claras. Ahora es tiempo de sanar.

Ella solo pudo expresarse mediante de su mirada.

—Ya debo irme — Se inclinó levemente, y por un segundo, Yasna pensó que le iba a besar. En cambio, se despidió de ella rozando suavemente su mejilla, cerca de la comisura de su boca quedando como un gesto respetuoso suspendido aunque provocador.

Ella lo observó alejarse nuevamente por aquellos corredores interminables, su figura recortada contra la luz fría del amanecer que comenzaba a filtrarse por las ventanas. Pensaba en aquel jugo de naranjas desencadenando una segunda caída: la suya propia hacia algo que no podía nombrar todavía.

Cuando volvió junto a la cama, encontró a su madre con los ojos entreabiertos, observándola con esa mezcla de seriedad y picardía que siempre había sido su marca personal.

—Así que mientras dormía, ¿eh? —murmuró con voz adormilada.

—¡Mamá! —

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